Relaciones personales y agendas

 Vivimos tan deprisa que hasta para llamar a alguien o quedar a tomar un café necesitamos buscar un hueco en la agenda. Una agenda que ya no es de papel ni descansa sobre una mesa, sino que viaja con nosotros en ese apéndice moderno en el que se ha convertido el teléfono móvil.

En ella cabe todo: reuniones de trabajo, clases de gimnasio, citas médicas propias y ajenas, celebraciones familiares, listas de la compra, recordatorios y llamadas pendientes a personas que apreciamos y que, paradójicamente, cada vez vemos menos.

A menudo tenemos la sensación de que al día le faltan horas. Corremos de una tarea a otra intentando llegar a todo y, aun así, terminamos la jornada con la impresión de no haber cumplido ni la mitad de lo que habíamos planeado. Y mientras tanto, ese pequeño dispositivo del que apenas nos separamos va marcando el ritmo de nuestras vidas y también el de nuestras relaciones.

Las conversaciones pausadas, aquellas en las que había tiempo para escuchar y para dejar silencios, han ido dejando paso a mensajes escritos o audios enviados con urgencia. Da la impresión de que, si no respondes en cuanto suena la notificación, estás faltando a una especie de norma no escrita. El teléfono ha dejado de ser una herramienta para convertirse en una prenda más, algo que llevamos constantemente encima y sin lo que parece imposible desenvolvernos.

Las relaciones personales también han cambiado. La atención se fragmenta, la escucha se dispersa. Incluso cuando compartimos mesa con otras personas, una parte de nosotros sigue pendiente de quienes no están allí, de quienes aparecen en una pantalla reclamando nuestro tiempo y nuestra mirada.

Por eso echo de menos ciertas cosas de antes. Echo de menos aquellos días en los que no hacía falta organizar cada encuentro con semanas de antelación. Bastaba con acudir a un lugar a una determinada hora sabiendo que alguien aparecería. Poco a poco llegaban otros, la mesa se ampliaba y las conversaciones surgían sin esfuerzo. Se hablaba, se escuchaba, se discutía, se jugaba, se compartían ideas y risas. Nadie tenía prisa. El tiempo parecía pertenecernos.

Hace unos días fui a una plaza a escuchar un concierto y terminé conversando con una señora a la que no conocía de nada. Me contó que, después de superar un cáncer, había empezado a nadar con setenta años y que incluso participaba en competiciones. Escuché su historia con admiración y pensé en lo valioso que resulta algo tan sencillo como hablar con un desconocido.
Quizá no vuelva a verla nunca. Quizá ella tampoco me recuerde dentro de unos meses. Pero aquella conversación tuvo algo que a veces parece escasear: presencia. Dos personas compartiendo un momento, una historia y una mirada, sin más intermediarios.

Me gusta pensar que todavía somos capaces de eso. De sentarnos frente a alguien, conocido o no, y dedicarle nuestro tiempo. De hablar sin mirar el reloj. De escuchar sin consultar una pantalla. De sostener una conversación sin interrupciones.

Porque, al final, tal vez el verdadero lujo de nuestro tiempo no sea tener más horas, sino saber detenernos para compartirlas.

Hablar. Escuchar. Mirar.


Iliana Capllonch



Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

La salut mental: una assignatura pendent de tots

“Sensibilidad, formación y compromiso: la asignatura pendiente”

La tristeza también existe